El próximo 12 de agosto, Mallorca será uno de los mejores escenarios del mundo para ver el eclipse total. Sa Foradada, la icónica roca horadada de la Tramontana, se perfila como el mirador más codiciado, pero el acceso estará restringido.
El próximo 12 de agosto, Mallorca se convertirá en uno de los escenarios más privilegiados del planeta para contemplar un eclipse total de sol. El fenómeno, que coincidirá con el mes de máxima afluencia turística, ofrecerá una imagen única: el sol desaparecerá muy bajo sobre el Mediterráneo, regalando una estampa difícil de igualar. Entre los enclaves que más expectación despiertan destaca Sa Foradada, la gran roca horadada que emerge frente a los acantilados de la sierra de Tramontana, considerada casi el equivalente mallorquín de los Faraglioni de Capri.
Sin embargo, llegar hasta allí no será tarea sencilla. El Govern balear ha anunciado que, a partir de las tres de la tarde, se restringirá la circulación por la carretera Ma-10 y se controlará expresamente el acceso a Sa Foradada. Solo podrán continuar residentes, huéspedes con alojamiento acreditado, servicios esenciales y transporte público regular. El objetivo es evitar una llegada descontrolada a una de las franjas más protegidas y mejor conservadas de la costa mallorquina, una imagen de la isla situada en las antípodas de Magaluf y del turismo de botellón.
Que esta parte de la Tramontana haya llegado hasta hoy prácticamente intacta guarda una historia singular, protagonizada por un personaje muy querido en la isla: Luis Salvador de Austria, conocido sencillamente como el Archiduque. Hace más de ciento cincuenta años, comenzó a comprar las fincas comprendidas entre Valldemossa y Deià para impedir la tala de sus bosques y, sin proponérselo, salvó también uno de los lugares más extraordinarios desde los que Mallorca verá desaparecer el sol.
Luis Salvador llegó por primera vez a la isla en 1867, cuando tenía 20 años. Había nacido en el Palacio Pitti de Florencia, pertenecía a una de las dinastías más poderosas de Europa y era primo de la emperatriz Sissi, pero se sentía bastante más cómodo entre naturalistas, marineros y campesinos que en la corte de Viena. Viajaba con sencillez y vestía sin demasiada preocupación por las convenciones. Encontró en la abrupta costa mallorquina el territorio en el que podría construir una vida a su medida. Regresó en 1872 y adquirió Miramar, la antigua posesión vinculada a Ramon Llull. Después llegaron Son Marroig, Son Moragues, S'Estaca y otras propiedades hasta reunir alrededor de 1.700 hectáreas de costa, bosques, olivares y bancales entre Valldemossa y Deià.
No compraba para urbanizar ni para encerrar el paisaje detrás de una tapia. Restauraba las casas, protegía los árboles y recuperaba cultivos. Se contaba que pagaba el precio que le pedían, sin regatear, especialmente cuando con ello evitaba que fueran taladas encinas u olivos centenarios. Cuando alguien le reprochó haber pagado demasiado por Son Marroig, respondió que aquella cantidad no bastaba ni siquiera para comprar el agujero de Sa Foradada.
En torno a sus posesiones fue trazando caminos, levantando bancos de piedra y buscando perspectivas desde las que contemplar el mar. Esa labor de acondicionamiento paisajístico es la que hoy convierte a Sa Foradada en un mirador natural excepcional para el eclipse. La roca horadada, con el sol poniente justo en su hueco, promete una de las imágenes más impactantes del fenómeno.
Para los mallorquines y turistas que quieran vivir la experiencia, las recomendaciones son claras: planificar el desplazamiento con antelación, respetar las restricciones de tráfico y optar por el transporte público o el acceso a pie desde puntos habilitados. El Govern balear recuerda que la prioridad es preservar el entorno natural y garantizar la seguridad de todos los asistentes.

