Alquilar una vivienda en Mallorca es un ejercicio de fe comparable a creer en el horóscopo: sabes que probablemente no saldrá bien, pero sigues mirando anuncios por si acaso el universo se apiada. No se apiada. El universo, en materia inmobiliaria, es un casero con calculadora.
Los anuncios son una obra de creatividad literaria digna de premio. «Acogedor» significa que cabes tú o el sofá, pero no los dos a la vez. «Luminoso» quiere decir que hay una ventana, aunque dé a la pared del vecino. «Con encanto» es el eufemismo universal de «viejo, pequeño y caro». Y «zona tranquila» puede significar cualquier cosa entre un pueblo idílico y un descampado sin autobús.
El precio, eso sí, no admite eufemismos. Es alto, es firme y no negocia. Por lo que en cualquier lugar razonable sería un piso digno, aquí te ofrecen un estudio donde la cama, la cocina y el escritorio conviven en un pacto de no agresión. Amueblado, eso sí, con muebles que ya eran antiguos cuando tú naciste.
Y aun así firmas. Firmas porque en esta isla maravillosa, donde da gusto vivir, encontrar techo se ha vuelto la hazaña más difícil de todas. Así que agarras las llaves, miras tu estudio con encanto y te dices que, bueno, al menos tienes vistas al mar. Vale, al mar no. A un patio. Pero si te asomas mucho y hace buen día, se intuye. Y con eso, de momento, nos conformamos.