Hay trayectos que se miden en kilómetros y hay trayectos que se miden en edad. El Paseo Marítimo de Palma, en hora punta, pertenece a la segunda categoría. Uno entra por un extremo con la ilusión intacta de la juventud y sale por el otro, semanas después, con la sabiduría cansada de quien ha visto cosas.
El semáforo se pone en verde. Avanzas tres metros. Se pone en rojo. Contemplas el mar, que está precioso, sí, pero que a la cuadragésima vez ya lo has memorizado ola por ola. A tu lado, un crucero del tamaño de un barrio descarga tres mil pasajeros que, muy sensatamente, han decidido no coger el coche.
Y luego están las rotondas, esa institución mediterránea donde las normas de circulación se convierten en una sugerencia y cada conductor interpreta la preferencia según su estado de ánimo. Entras en la rotonda encomendándote a lo que cada uno crea, y sales, si sales, dando gracias.
Dicen que la paciencia es una virtud. Quien lo dijo, seguro, conducía a diario por el Paseo. Porque aquí se aprende a esperar, a respirar hondo, a poner un pódcast largo, muy largo. Y cuando por fin llegas a tu destino, a diez minutos de tu casa en línea recta, no sientes que has conducido: sientes que has peregrinado. Y mañana, fieles, lo volveremos a hacer.