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Cuando acaba la temporada y la isla entera echa el cierre

En noviembre hasta el sol parece cerrar por vacaciones.

Laura Cifre Pons
Laura Cifre Pons
· Actualizado: · 2 min de lectura

Hay un momento del año, hacia finales de octubre, en que Mallorca respira hondo, apaga las luces y baja la persiana con un letrero invisible que dice: «cerrado por descanso del personal». La temporada ha terminado. Y con ella, aparentemente, la civilización.

De repente, el restaurante al que ibas cierra hasta abril. El chiringuito desaparece como si nunca hubiera existido. La heladería echa la verja. Y tú, residente de todo el año, te quedas mirándolo todo con cara de «pero yo vivo aquí, ¿y yo qué como?». Porque en invierno la isla es tuya, sí, pero es una isla con medio comercio hibernando.

Tiene su parte buena, no lo niego. Aparcas. Paseas sin codazos. Encuentras mesa. La playa vuelve a ser un lugar contemplativo y no un camping. Recuperas tu pueblo, tu ritmo, tu paz. Durante dos semanas es una gozada.

A la tercera semana empiezas a echar de menos el bullicio que tanto criticabas en agosto. Es la gran paradoja del isleño: en verano maldices la masificación y en invierno maldices el silencio. Nunca estamos contentos, y quizá esa insatisfacción perpetua, esa capacidad de quejarnos tanto de que vienen como de que se van, sea lo más auténticamente mallorquín que tenemos.

Laura Cifre Pons

Escrito por

Laura Cifre Pons

Redactora

Periodismo por la UIB con el escáner policial de fondo. Duerme poco, desconfía de la previsión del tiempo y madruga sin protestar (casi); cubre sucesos, sanidad y lo que preocupa al vecino.