Última hora

No caben ni las toallas: el verano en tu propia playa

Llegas a las ocho de la mañana y ya eres el último.

Aina Barceló··2 min de lectura

Existe una fantasía que todo mallorquín acaricia en invierno: la de bajar a la playa un día de agosto, tender la toalla y bañarse tranquilo en el mar de siempre. Una fantasía, sí, porque la realidad es un depósito de sombrillas donde el último hueco libre se ocupó durante el gobierno anterior.

Llegas a las ocho de la mañana, orgulloso de tu madrugón, y descubres que eres el último. La arena ya es un mosaico de toallas colocadas con precisión militar, sin un centímetro de holgura, como si alguien hubiera echado a suertes cada metro cuadrado al amanecer. Caminas entre ellas pidiendo perdón —otra vez pidiendo perdón— buscando ese trocito de arena que resulta estar, invariablemente, junto a la ducha y al cubo de basura.

Y cuando por fin te instalas, llega la parte acuática. El baño, que en tu memoria era un placer solitario, es ahora una sopa humana templada donde intentas nadar sin darle una patada a nadie y sin que un colchón hinchable con forma de flamenco te aplaste contra las rocas.

No me entiendan mal: la playa es nuestra y la queremos. Pero hay algo agridulce en compartir tu rincón de siempre con media Europa, en hacer cola para meter los pies en tu propio mar. Uno se consuela pensando en octubre, cuando la playa vuelva a estar vacía, gris y perfecta, y podamos volver a quejarnos, esta vez, de que ya no viene nadie.

Escrito por

Aina Barceló

Redactora

Graduada en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid. Volvió a la isla con la maleta llena de libretas y la manía de preguntar siempre una vez más.